sábado, 6 de febrero de 2010

Poemas a Virginia Woolf*

Jacobo Vázquez

–Contémplalos, Rhoda –dijo Luis– ¡Cómo se han tornado nocturnos, apasionados!...Sus ojos son como las alas de las mariposas que baten tan rapidamente que parecen inmóviles.
“Las Olas”, V.W.




UN PERFIL QUE SE DIBUJA SOBRE EL AGUA


I

Ahora que llenamos mujeres de serrín para masturbarnos en domingos solitarios, evoco al tacto de mi alma su perfil de muchacha inglesa.

Cuello: cisne y giro de luna.

Rostro: óvalo en dispersión de nubes.

Mentón que es abreviatura griega.

Sus labios tienen la ternura encarnizada de los enamorados que hacen puentes a mitad del abismo.

En su nariz asoma el ciervo adolorido de su infancia mientras su pelo sostiene oceánicas noches y tinta insomne de los sueños.

Bajo sus oídos hay caracoles que fraguan con ecos de mar y tiempo las historias.

Y si nos adentramos en su mirada podremos ver aletear las mariposas más nostálgicas del verano.

Usted es a quien recuerdo ahora entre maniquíes de plastilina y amaranto comestible.





II

Inventa rostros sobre el papel conforme su cara cambia, segundo a segundo, bajo los turbios estanques del espejo.

Ahora piensa en Argentina mientras le llega un olor a té y a compota que Louise prepara.

Toma la pluma y comienza a escribir unas líneas que cruzarán el océano y el tiempo.

Luego imagina la casa de Victoria con mariposas nocturnas posándose en plateadas flores meridianas.

Después pasea a solas por las calles de Londres, recuerda frases sueltas de su último libro, medita sobre los días que corren…Se entristece porque otra mancha de sangre en la historia de los hombres parece desahuciar los utópicos árboles de Bloomsbury.



III

Usted trajo a esta comunidad sedienta sus manos de agua, su boca temblorosa en imágenes de rocío, su voz que era la madrugada de la luna, su frente donde los rayos del sol se volvían vasallos de su íntimo resplandor, los faros de sus ojos que en altamar atisbaron perfiles de un amanecer distinto.

Porque usted, Señora, era una fuente sensitiva que hacía con la prosa el cristal de sus visiones.

Fue Rhoda bajo un trepidar de susurros acechantes; fue Percival y su mirada aérea, su cabellera hija del viento, su fragilidad de héroe, su orfandad milenaria; fue la serena tristeza de Luis y sus ansias de futuro; fue Susana, satisfecha de sus medias, de su casa en orden, de su nomadismo sentimental siempre en regla con las posturas más preciadas del rebaño; fue Neville y su rostro cambiante en el corazón del tedio; Jinny y su evanescente desnudez; fue la diseminada conciencia de Bernardo y su lenguaje subteráneo.

Fue la infancia de todos ellos pasada por el crisol errante de su alma.

De tal manera hizo de sus sensaciones una sinfonía orquestada por las olas.






IV

Para dibujar su perfil espiritual, Señora, necesitaría ser mago extrayendo una tras otra las maravillas del instante en que una libélula sobrevuela rayos de sol y flores rojas.

O, tal vez, un exiliado que vuelve después de cincuenta años a su lugar de origen y llora: nuevos rostros, distintos árboles, otros puentes; otras pesadillas del tiempo en su agenda de sangre y canto.

Necesitaría ser un saltimbanqui niño curtido con los golpes del trapecio, un creador obsesionado con la forma primigenia de lo acuático, Dios a la hora de su nacimiento, deidad azteca pulimentada por la noche, criatura de selva o inocente criminal que mira por primera vez el cielo.

Necesitaría ser mujer regodeándome con mis senos, homosexual que ama espejos imposibles por las calles, opiómano que ríe mientras a la vuelta de la esquina lo espera la desgracia, jazzista que toca el saxofón y levanta gatos y sombras al iniciarse el terrible paraíso de la noche.

Sí, Señora mía, necesitaría ser Gardel cantándole una oda al barrio.

Necesitaría por una sola vez tener sus ojos, Virginia, ser el estado de locura y la virtud maltrecha en su corazón de arena.

Necesitaría, además, el viento del océano atlántico encerrado en la furia precipitada de mi copa, y un diccionario interminable de lenguas muertas.






RHODA

Tienes un ser de espuma, una epidermis que ruboriza ángeles, unos labios que se dilatan como la brisa por los tejados del insomnio, una voz con la frescura de los follajes mecidos por la madrugada.

Tus palabras poseen el matiz de las aves solitarias y el eco de las sirenas libertinas.

En tus ojos se revela un prodigio de jardines interiores porque en ellos el cielo pintó velas amplísimas para que pudieras navegar entre los sueños.

Dormida, oyes lluviosas sinfonías donde los demás tan sólo palpan los ruidos de su angustia.

Despierta, topas con miradas, gestos, muros y sombras.

Te asustan los pesados movimientos de las focas, las paredes de tu habitación solitaria, los gestos que como algas marinas se agitan bajo los rostros de la multitud.

Huyes: tu mirada busca el velero de una nube para viajar con los cuatro sentidos alertas los territorios de la soledad.

Quien pudiera acercarse a ti con la intimidad de un niño que respira, quien pudiera hablarte con la voz azul del cielo, quien pudiera tocar en ti a la mujer sin que te desvanecieras en la bruma.

Al que te ama lo haces sentir que baja por una escalera a oscuras, al que te piensa lo engañas con la frivolidad del aire, al que te sueña se le escapa tu figura entre los cauces de neblina.




MARIPOSAS Y VACIO

Se adueñaron de mi reducida estancia un día que cerré los ojos, estiré la mano y tomé un libro al azar, luego lo abrí y leí: fue entonces cuando empezaron a surgir en vendavales que tenían la calidez de lo más profundo del verano.

Las primeras que vi brotaban con alas de velamen amplio, sin embargo sus cinturas eran tan etéreas que antes de alcanzar el techo caían sobre el piso formando cientos de collages fluorescentes.

Otras apenas libélulas, delicadísimas, pues el más suave rayo de sol filtrado por la ventana las disolvía al convertirlas en un polvo luminoso de color ultramarino.

Pero hubo las que emergieron arrogantes, firmes, seguras del espacio conquistado por su belleza.

Estas son las que me despiertan más allá de la medianoche, al sentir en mis oídos y en mi piel un fino aletear húmedo.

Abro los ojos y me doy cuenta que, inquietas, han salido a dar un paseo por la madrugada, empapando sus alas de rocío.

Desde aquel día hasta hoy he dedicado mi tiempo a conocerlas, he visto sus ligeras acciones y puedo decir que son tan vanidosas como una amapola entre la hierba.

Inestables, vuelan de un rincón a otro, maravillándose.

No sé que verán sus ojos pero debe ser algo tierno, pues sus cuerpecillos tiemblan, sus alas se dilatan, y su epidermis se cubre de un color parecido al rubor que Rubens les pinta a sus mujeres.

Después de convivir, sufrir, gozar con ellas, me he dado cuenta que a lo único que le temen es al vacío, por eso siempre surgen miles y miles, pues tratan de suplir con multicolor presencia lo efímero de sus vidas.






MARIPOSA NOCTURNA

Sutil esfinge

revelada

brizna de luz





RISCO

Revolotean

efímeras alturas

las mariposas




PLAYA

El amanecer

flor de loto: tiembla

en tus pupilas.





VIRGINIA

Vino Virginia. Conversamos. Es extraño cuando se deja ver. El otro día la encontré en el jardín Paradiso. Sus pasos lentos resonaban en los adoquines...Atardecía, el otoño se hacía musical por el ruido de las hojas cayendo sobre el piso. La distinguí por su falda larga, suave. Creo que en el fondo somos dos solitarios, por más que ella frecuente mucha gente, y yo, a veces, también. Aquella ocasión no quise hablarle. Me senté en una banca y la vi alejarse, pensativa, triste, encantadora. Pues bien, vino, se tomó un té del mismo color de sus ojos, y en las pausas se quedaba silenciosa. Pude ver el brillo cálido, tenue, de sus pupilas. Sus ojos viendo sin mirar, brillantes, nostálgicos, de un color sólo definible por su alma: una imagen que este día me ha regalado para siempre.





LOS SUICIDAS

Viajan al mundo de las esencias, son sutiles insinuaciones de la niebla sobre puentes que no vemos. Imágenes en un agua que no cesa de musitar infinito; viento filtrado hasta los árboles de nuestro sueño; ruido de mariposas mutiladas con un golpe del destino. Están entre nosotros y vinieron a quedarse para siempre: son fuego en la memoria, tristezas tejidas por la noche, canto cifrado de las estrellas. En la oscuridad, en los días sin fondo, son el canto de un alfabeto que perdimos, polen que cae a la tierra estéril de nuestras manos. Con sus alas de ángel viajan de improviso hacia nosotros: luminosos, sonámbulos, chocan con nuestras atmósferas ciegas y no entendemos nada en su lenguaje de misterios.





PERCIVAL

Algo espontáneo y ligero, estas violetas que se llevarán las olas del tiempo. Son para ti. Representan un ramillete de sensaciones. ¿Qué otra cosa podría oponer entre tu muerte y mi soledad?

Rhoda






RIO OUSE, 1941


Ya eres ola

en el mar de historias

deshojadas.


A Virginia Woolf (1882-1941)

* Algunos de estos poemas son del libro "Muro y mar", de Jacobo Vázquez, publicado por Editorial Ponciano Arriaga y Joan Boldó i Climent, Editores, San Luis Potosí / Queréteraro, México, 1994. Otros más son inéditos.

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CODA

Efraín Huerta

¿QUIÉN QUE ES NO AMA A VIRGINIA WOOLF?


Señora mía: sus labios son perfectos

y su mirada tan grande me tiembla la piel;

su falda de terciopelo naranja me parece infinita

—y su andar, como su bañar y hablar a solas, es

un cisne afilado corrigiendo vocablos, diciendo cómo

amasar correctamente la pasta para

cocer los panes nuestros de cada mañana.

Fue usted, Virginia, la que dijo

un lleno de neblina domingo de marzo:

Me hundiré con mis banderas flameando.

Ahora bien, ¿por qué siempre supe

que había sido en el mar y con su perro en brazos?

Esta mañana de octubre, muy clara y muy domingo,

Louie su sirvienta, sollozando cual herida gaviota,

me cuenta que fue en un río de lirios

y palomas y olas, olitas que devoraron

su falda, su lisa cabellera y esos ojos

que no dejan de mirarme

jamás, Señora nuestra,

porque leo y releo Orlando y To the Lighthouse

y Three Guineas y me hundo en el agua tan dulce

de su Diario —y ahora soy yo

quien cae, Virginia-luz, rayísimo,

y se pierde y ahoga de dicha

porque el suicidio —diga que sí—

es una corriente de palabras bien dichas

y las olitas nos comen otra vez

los huesos y yo muero feliz

porque la amé hasta

no cansarme nunca de amarla

tanto.

21 de octubre de 1974

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